La Hacienda "Don Pedro" no era solo una propiedad: era un reino de aromas. Desde los cerros, el viento bajaba con el olor punzante del pino, entrelazado con el dulzor pesado, casi embriagador, de las rosas que cubrían la tierra como una alfombra de sangre, nieve y oro. La casa señorial presidía el valle, rígida y ajena a la explosión de colores que la rodeaba.
Don Pedro permanecía en el corredor, observando el horizonte con ojos grises —del color de la ceniza que queda después de un incendio. Su piel blanca y su cabello de plata lo hacían parecer un espectro de otro tiempo. Su cuerpo estaba allí, pero su mente siempre vagaba: en el río, en el pasado, en las sombras de los hombres que alguna vez llamó hermanos.
Adentro, en la penumbra de la sala, el aire parecía tener peso. Doña Amalia estaba sentada con la espalda tan recta que ni el dolor más profundo lograba quebrarla. Su cabello —una catarata oscura que le llegaba a la cintura— era lo único que parecía tener vida propia.
Sus manos, delicadas y blancas como el nácar, subían y bajaban sobre sus mejillas, secando lágrimas que brotaban de una herida invisible. No era dolor reciente: era el dolor de lo que nunca pasó, o de lo que pasó hace tanto tiempo que se había vuelto parte de su anatomía. Amalia lloraba porque sabía que la paz de su hogar era una mentira sostenida por alfileres.
Cerca de allí, el pasillo era una frontera invisible.
Luis, el mayor, se mantenía erguido. Su cuerpo flaco recordaba a los pinos de los cerros: flexible ante el viento, imposible de arrancar. Su presencia imponía un orden que nadie más sentía, un deber que ocultaba un cansancio milenario.
Juan, en cambio, era la vibración del trueno antes de la tormenta. Su rebeldía no era juventud, sino estrategia de guerra. En sus ojos se leía la palabra "venganza". Él no veía rosas: veía deudas.
Y entre ellos, como un milagro de la tierra, la niña. Su piel mestiza —ese tono entre amarillo y blanco que recordaba al amanecer sobre el rosal— era el único punto de luz. Sus ojos verdes no buscaban culpables: emanaban una fortaleza que ninguno de los hombres de la casa poseía.
El olor a pino transportó a Don Pedro treinta años atrás, cuando aún no era dueño de la hacienda, sino solo un joven de piel tersa y sueños feroces.
En aquel entonces no caminaba solo. A su lado estaban Marvin y Lucas. Tres sombras inseparables que recorrían las calles del pueblo como dueños de cada esquina.
Amalia.
Cuando ella apareció —con sus rasgos finos y esa elegancia natural que ya entonces intimidaba—, la competencia dejó de ser un juego. El amor se transformó en obsesión; la amistad, en rivalidad a muerte. Ninguno estaba dispuesto a perder. Ninguno sabía que ganar el trofeo significaría perder el alma y sembrar una hectárea de rosas sobre las cenizas de una traición que sus hijos, décadas después, todavía intentarían vengar.