por J. LÓPEZ M.
En una escuelita rural con paredes despintadas y pupitres cojos, el sol entraba como si también tuviera curiosidad por lo que allí pasaba.
Era tercer grado de primaria, y Leopoldo, con sus 9 años mal vestidos, pasaba los días mirando de reojo a Grethel, la niña que, para él, era más que bonita… era un sueño inalcanzable.
Ella usaba cintas blancas en el cabello, hablaba con seguridad y olía siempre a jabón caro. Era hija de comerciantes, de gente que podía regalarle cuadernos nuevos, meriendas con sabor a ciudad y zapatos relucientes.
Leopoldo, en cambio, era un niño flaco, callado, con el rostro manchado por el sol y las manos llenas de tierra. Su uniforme estaba remendado con puntadas torpes hechas por su abuela, y llegaba cada día con un solo cuaderno prestado y una mochila vieja que olía a maíz.
Pero eso no le impedía soñar.
Hacía de todo para que Grethel lo notara: le dejaba flores silvestres en el pupitre, le llevaba dibujos mal hechos donde él era un príncipe y ella una princesa, e incluso aprendió a recitar poemas con la esperanza de que, algún día, ella le sonriera…
Pero Grethel nunca lo miró.
A quien sí miró fue al hijo de la profesora: alto, de sonrisa perfecta, siempre limpio y seguro. Era el niño que jugaba con un balón de cuero mientras Leopoldo pateaba uno hecho con medias viejas.
Grethel y aquel muchacho pronto se hicieron inseparables, y Leopoldo, desde su rincón del aula, se tragó en silencio la rabia… y la tristeza.
Durante el acto de clausura de sexto grado, mientras todos se tomaban fotos, él se quedó solo en una banca, mirando hacia la cancha vacía. Nadie notó cuando murmuró para sí mismo:
—Nunca más voy a sufrir por una mujer. Para mí, solo van a ser un pasatiempo.
A sus 12 años, Leopoldo no sabía que esa promesa se convertiría en una maldición… y que, con el tiempo, dejaría una estela de corazones rotos. Incluyendo los de sus propios hijos.